lunes, 6 de mayo de 2013

173 Aniversario del Penny Black

Hoy se celebra el Día Universal del Sello Postal. La fecha es un homenaje a la primera estampilla de la historia, el Penny Black emitido por el Reino Unido el 1º de mayo de 1840, que sin embargo empezó a circular el 6 de mayo, hace 173 años.
 
 
El primer sello de correos de la historia, el denominado “Penny Black” o “Penique Negro”, en castellano.
 
Surge de la necesidad de una profunda reforma del servicio postal británico, que respondiera a una serie de deficiencias. En los años previos a su emisión, James Chalmers y, sobre todo, Rowland Hill, con su folleto “Post Office Reform” de 1837, decidieron a la Cámara de los Comunes designar un comité, que finalmente optó por informar favorablemente las propuestas de Hill.
 
 
Rowland Hill inventó un sello de color negro que puso fin a todos los problemas de correos de la época, ya que antes de su aparición el pago de las cartas lo realizaba el destinatario.
 
En la propuesta incluyó un dibujo en tinta negra con su idea del primer sello: Su Majestad la reina Victora de perfil, con palabra Postage en la parte superior y la tarifa One Penny (un penique) en la inferior. Para evaluar su idea se creó un comité en la Cámara de los Comunes encargado de estudiar los tipos y sistemas del franqueo postal. La propuesta de Hill fue aprobada y con él se sentaban las bases para el surgimiento de un nuevo pasatiempo, el coleccionismo de sellos.
 
 
Se implantó un sistema nuevo, con la creación de sellos adhesivos que se pagaban por el remitente, frente al sistema anterior, donde el pago se hacía por el destinatario, que muchas veces no podía, o simplemente, se negaba a pagar, rechazando la carta. Otro cambio, no menos importante, fue la modificación de las tarifas, pasando de un sistema que sólo tenía en cuenta el kilometraje recorrido, a otro, donde el protagonismo se le daba al peso del envío.
 
 
El sello llevaría la efigie de la Reina Victoria y con tal motivo, se convocó un concurso para elegir el diseño, concurso que quedó desierto, por lo que se decidió utilizar para el sello, un diseño inspirado en una obra para un medallón, que había realizado en 1837, William Wyon. Así nació el Penny Black, al que inmediatamente se unió un sello de 2 peniques de color azul.
 
El nuevo sistema fue un éxito, uniendo la eficiencia del servicio a su belleza y bajo coste. Se triplicaron las cartas en una semana. Progresivamente, los demás países del mundo fueron adoptando el sistema, que se generalizó rápidamente. A raíz de esta experiencia, la Unión Postal Universal otorgó al Reino Unido el privilegio de estar exento de la obligación de que aparezca el nombre del país emisor del sello, que tienen los demás países. De ahí, que en los sellos del Reino Unido sólo aparezca en una esquina, la efigie de su monarca.
 
 
Fueron impresos en planchas de 240 estampillas, 20 filas por 12 columnas Cada sello muestra las coordenadas del lugar que ocupaba inicialmente en la hoja de impresión. Esas coordenadas se forman con dos letras, una para la línea y otra para la columna: de AA a TL, que aparecen en las esquinas inferiores de los sellos a ambos lados de la inscripción “one penny”.
 
 
El éxito del sistema de sellos adhesivos fue rotundo. La primera tirada de 60.000 ejemplares, grabada en la casa Perkins, Bacon & Petch, se agotó tan rápidamente que fue necesario fabricar muchos más. En total, del Penny Black se emitieron 68 millones de ejemplares, y se calcula que sobreviven hoy día, aproximadamente, un millón y medio. El sistema británico de previo pago con sellos postales supuso una verdadera revolución en las comunicaciones y fue adoptado por otros países, entre ellos por España, que emitió sus primeros sellos en 1850.
 
Actualmente, aunque bastante caros, no son prohibitivos para los coleccionistas más pudientes, debido a su amplia oferta.
 
Una historia de leyenda

Cuenta la leyenda, que Sir Rowland Hill tuvo la idea de crear los sellos adhesivos, en 1835, a raíz de lo que le ocurrido en la posada donde se hospedaba durante un viaje por Escocia.
 
 
La fábula, de la que circulan diversas versiones, narra que una mañana mientras Hill se calentaba en la chimenea vio cómo el cartero entraba en la casa y entregaba una carta a la posadera. Ella la examinó detenidamente y la devolvió al cartero para que la devolviese al remitente alegando que no tenía dinero para pagar el porte de la carta. Al oír aquello, Hill se levantó y pagó al cartero la media corona que costaba el porte de la misiva, compadecido de que se quedase sin noticias de su familia por falta de dinero.
 
La posadera recogió la carta, la dejó sobre una mesa sin abrirla y le agradeció el detalle de pagar el franqueo. Sin embargo Hill no podía salir de su asombro cuando ella le explicó que no pagó la carta simplemente porque en ella no había escrito nada más que la dirección, ya que, según le explicó, para saber que todos sus parientes estaban bien habían acordado que cada línea de la dirección fuese escrita por una persona distinta, de modo que cundo aparecía la letra de todos, es que todos estaban bien. Por eso, una vez examinadas las señas, devolvía el pliego al cartero. De esta forma la posadera tenía puntuales noticias de su familia ¡y gratis!

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