miércoles, 25 de octubre de 2017

El Santo, coleccionista de sí mismo

Rodolfo Guzmán Huerta no sólo era un extraordinario luchador, sino que tenía un desarrollado sentido de la posteridad, como lo prueba su archivo personal, el cual guardaba celosamente. De manera fortuita, miles de objetos personales le fueron ofrecidos al coleccionista mexicano de origen japonés Roberto Y. Shimizu, fundador del Museo del Juguete Antiguo Mexicano


 POR GERARDO LAMMERS

Que El Santo haya tenido un cuarto secreto en la casa que alguna vez habitó, con su segunda esposa, en la calle Beisbol, colonia Campestre Churubusco de la Ciudad de México, donde guardaba celosamente cientos de miles de efectos personales y profesionales que lo acreditaban, por una parte, como Rodolfo Guzmán Huerta, el cariñoso hombre de familia, preocupado por su numerosa prole y su mala ortografía, y, por la otra, como el más grande ídolo de la lucha libre mexicana, ese deporte espectáculo que lo convirtió en personaje de leyenda, no es lo más extraordinario de este capítulo.

Desde una habitación de hotel en Tokio, Roberto Yukihiro Shimizu Kaneko  está al teléfono en esta, para mí, tarde de septiembre, después del terremoto del 19 de septiembre. El señor Shimizu, de 72 años, es fundador del Museo del Juguete Antiguo Mexicano, en la colonia Doctores, donde se encuentra el archivo más importante de El Enmascarado de Plata del que se tenga noticia.


“Los luchadores de lucha libre eran tipos totalmente fuera de este mundo”, dice Shimizu, rememorando esa época, para él de oro, que vivió México, el país de sus amores, hasta entrados los años cincuenta.

Algunos días antes de la entrevista fui a visitar el museo para encontrarme con su hijo, Roberto Yuichi, un tipo muy elegante, arquitecto como su padre, que me recibió con un sombrero puesto y un prendedor en la solapa del saco con la palabra “here”. Conversé con él en las salas dedicadas a la lucha libre, en uno de los pisos de este museo atestado de objetos, exhibidos de las maneras más estrambóticas posibles. 


En un vitrina, me detuve a contemplar una par de botas y una vieja máscara plateada. Después recorrí un pasillo repleto de antiguos carteles donde se anunciaban las luchas en las que participó Rodolfo Guzmán Huerta, no sólo como El Santo, sino como Rudy Guzmán y sus otros nombres artísticos (Guzmán Huerta llegó a luchar hasta en tres arenas distintas, con nombres distintos, la misma noche, en la Ciudad de México). Llegué hasta una habitación donde me asomé a través de un vidrio, y entre historietas de Santo, El Enmascarado de Plata, las populares ediciones de José G. Cruz, a una portada de la revista Alerta donde aparece la cabeza de un hombre calvo, de mirada serena, con un titular en letras rojas: “EL SANTO DEJA DE SERLO”.



“Los luchadores de lucha libre eran tipos totalmente fuera de este mundo”, dice Shimizu al teléfono desde Japón, a donde viaja cada año para visitar a su madre. “Y El Santo era un ser aparte. No era el mejor luchador, pero sí el más carismático”.

Coleccionista desde niño, y sin saberlo, cuando su padre, fundador de la extinta Comercial RYS (ubicada en lo que ahora es el Museo del Juguete Antiguo Mexicano), le dijo que esas cosas que a él le gustaba guardar formaban parte de la historia de México, Shimizu fue, como todos los niños de su época, aficionado a la lucha libre, la cual veía sólo por televisión todos los viernes por la noche, pues ir a las arenas era un asunto muy rudo. Comenzó coleccionando las historietas de José G. Cruz y cuando pudo, cuando se enteró, siguió con los programas, impresos en papel, de las funciones de lucha, los mismos que  ofrecían  los vendedores a la entrada de las arenas, en cucuruchos, con las pepitas o los cigarros. A cinco pesos los compraba Shimizu.


Conocido entre los chachareros del centro de México, en la colonia Doctores, pero también en la Obrera, la Buenos Aires y la Portales, un día, estando en sus treintas, hacia 1970, llegó alguien a ofrecerle unos huacales (cajas de fruta) con documentos personales de El Santo. Los compró de inmediato. Más huacales le siguieron llegando, de parte de varios vendedores, durante años. Compulsivo, como todos los coleccionistas, los compró todos.


La leyenda dice que al Santo su segunda esposa, la señora Mara Vallejo, le echó sus cosas a la calle. Un taxista se encontró con ellas en la banqueta, se percató medianamente de su valor, y fue a ofrecérselas a un tianguero para obtener dinero. Después de una serie de rebotes, que incluyeron al actor Carlos Suárez -quien participó en algunas de sus películas-, el archivo personal de Rodolfo Guzmán Huerta, consistente en miles de fotografías, cartas, periódicos, programas de lucha y documentos personales, entre otros muchos objetos, le fue ofrecido, poco a poco, y a lo largo de varios años, a Shimizu que, haciendo cara de jugador de póker, como si no le importara, lo fue comprando.


“El Santo”, dice Shimizu, “era un tipo que lo guardaba todo. Era un coleccionista y lo que ha sucedido es un encuentro entre dos coleccionistas”.

Shimizu, que estudió Arquitectura en la UNAM y que alguna vez, la única, se encontró con el Santo en los Estudios Churubusco, pero no se atrevió a hablarle, sino que se limitó a mirarlo de lejos, como lo que era, una presencia fulgurante, no deja de pensar en lo cerca que estuvieron de perderse para siempre todos esos miles de objetos.

“El Santo estaba predestinado porque así como el taxista se encontró los huacales, los primeros, si los hubiera dejado ahí y encima les ponen un costal del que vende los jugos de la esquina y ahí le vacían las cáscaras de naranja, se hubiera ido todo a la basura”.


A su regreso a México, voy a visitarlo al Museo del Juguete Antiguo Mexicano. Encuentro a un hombre jovial de pelo cano, vestido con un chaleco de triángulos, que me recibe en su oficina. Detrás de él, hay un mapa del archipiélago japonés. Del otro lado, un cuadro a relieve de El Enmascarado de Plata.  Le pido que me muestre algunos de sus miles de documentos de El Santo y, para hacer tiempo, me manda con Tere, su asistente, para que vuelva a revisar las salas de lucha del museo. En el camino, ella se detiene en la sala de las Barbies, aún caídas en sus vitrinas después del terremoto.


Cuando regresamos, Shimizu ya tiene dispuestos en su escritorio alteros de programas de lucha guardados en bolsas de plástico, carpetas de argollas, y más cuentos de José G. Cruz. Me autoriza tomar una que otra foto con mi teléfono, pero no los  retratos ovalados de estudio de Rodolfo Guzmán Huerta, El Santo, sin máscara, que me interesaron. De su correspondencia, si acaso me deja asomarme a un par de documentos.


Pasa rápidamente las páginas de su manuscrito Tras las huellas del Santo, un texto biográfico que ha escrito a partir de la revisión y el estudio de su archivo. Hace algunos años que lo escribió y asegura que ya no le interesa demasiado. Apenas si me permite asomarme a alguna de sus páginas. Tocará a sus hijos, quizá, publicarlo, lo mismo que cuidar del archivo y del resto de sus juguetes, objetos que dan fe de aquel México de mediados de siglo XX, productor de manufacturas, más independiente y, sobre todo, más feliz, que el que tenemos ahora.  Del que El Santo formaba parte.

Fuente: Diario el Universal - 30 de setiembre 2017
Fotos: Martin Espinoza - El Universal / Alejando Resendi - Yaconic

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